
Estábamos en Embassy mis íntimas et moi el otro día tomando un carajillo y unas navajitas al natual cuando, de repente, zasca, entra un modelazo espectacular. Era
Cameron, el partner de
Almudena Fernández, y embajador de Triball. Estaba que crujía, para morirte, cagándote por las pencas, cual Bárbara de Braganza de la que, pobre, se cumple el no sé cuántos aniversario de su muerte con esta bonita imagen. Algo que, como todas habéis podido comprobar, la Infanta Elena, a sazón descendiente de la reina portuguesa, celebra vestida en rojigualda, que hasta en la trenza no le falta detalle patrio. Lástima que su ex consorte prefiera el gris marengo, por eso es ex, claro, sino, seguro que hubieran seguido juntos. Porque otra cosa no pero, que los complementos y/o consortes te combinen y te hagan juego, es importantísimo para una mujer deportista, dinámica, atractiva y, sobre todo, española. Pero a lo que iba, que el chiquito escultural tenía unas espaldas como un velero portaviones, un color broncíneo, un pechobruñido con cincel, un todo, en definitiva, que nos quedamos todas muertas. Muertas, la verdad, no sería la palabra. De hecho, entramos en actividad. Yo no sé si eran los colmillos, las navajas o los corchetes de las fajas las que me cegaron. En dos nanosegundos nos convertimos un puñado de zorras traicioneras y hambrientas, que allí, dicho sea de paso, nadie dejó ni el caldito del aperitivo gallego… Dentro de mí se alzó una voz, la misma que tendría que haber salido de
Roberta Briatore cuando los
Agags se les pegaron como lapas a ella a su recién esposo en su Luna de Miel: ¡No! Fue rotundo, sonoro, autoritario inclusive. Era un no a la tiranía de la juventud. “Queridas, ¿qué estamos haciendo? ¿qué estamos haciendo?”. Ellas me miraron atónicas como si estuvieran en el campo de fútbol del Almería y se acabara de echar al césped una
María José Campanario en pantalón corto y en tobillo firme y grueso. “Somos amigas, somos mujeres en toda su plenitud, mujeres con experiencia, bellas por dentro y por fuera, que merecemos un hombre de verdad, un hombre hecho así mismo. ¿Queréis convertiros en unas
Peret cualquiera, y no lo digo por nuestros problemas de alopecia o de cabello frágil? Él ha dejado a su esposa por una jovencita de 19.
Guy Ritchi está a puntito de dejar a
Madonna aunque ésta, la pobre, sólo coma vitaminas y no se quite el calentador de felpa ni para acostarse. ¿Queréis hacer lo mismo? ¿Con vuestros hijos, vuestros maridos, vuestras madres?”. Ahí me quedé privada. Las palabras se me entrecortaron. Mientras pronunciaba “madre”, en mi mente, mi subconsciente sentaba sobre una balanza a mummy dears por un lado y al modelo internacional por el otro. Era como contraponer a
José Luis Moreno y su bañador malva y al joven actor de Escenas de Matrimonio y su minislip D&G, que aunque parezcan hijos de especies distintas han pasado un maravilloso fin de semana en un yate y el pobre vehículo iba descompensado con esos pesos desiguales. Aprovechando la confusión general y la mía en particular, una parte de mí comprendió que era el momento de dar un golpe de mano. Es lo que tenemos las locas bajitas. Sólo tuve que extenderla y golpear lo que ocultaba su jean lavadito a la piedra. El de Cameron, digo. Y debo decir que ese culo respondía a las expectativas. Ah, y que mis amigas me odias. Ya les dije, en la guerra y el amor, todo vale.
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