“Agárrate a la silla: María Rosa, con hombreras, en la Embajada de Italia?” “¿Qué?” “Lo que estás oyendo”. “¿Hombreras? ¿Ante el cuerpo diplomático transalpino?”. “De bola y rollo jugadora de rugby?”. “Me has dejado muerta y ¿ahora que hacemos?”. “Interceder, mari, interceder”. Ésta ha sido la tónica de las conversaciones que me he visto obligada a mantener telefónicamente hablando con toda aquella a la que le importa España y no quiere verse inmersa en ningún conflicto internacional, expulsada de Capri como “amica non grata” o declarando en la ONU ante tal dislate. Y menos mal que el resto era mono: organza fucsia. “¿Con el cabello en caldero?” Os preguntaréis. Y, sí, eso agrava aún más la situación. Porque os habéis dado cuenta del alcance: la gran bailarina de la danza española, aquella que castañeó como una loca en las Rusias, ¡con hombreras de bola en la Embajada de Italia! No es moco de pavo. En la tierra de Armani, de Valentino, de Gianfranco Ferré... de Versace... Por eso, estoy escribiendo una carta a Donatella. Ella es de las que tiene este tipo de confusiones. Su rimmel es un ejemplo y, quién sabe si puede pedirle a Silvio Berlusconi que no se lo tenga en cuenta. “¿Y Marili?” –esta es la segunda parte de las conversaciones que mantengo-. “¿Marili? Nacarada”. “Ah, bueno, es tendencia en uñas...”. “Nacarada toda ella”, suelo especificar. Vosotras, siguiendo con las disyuntivas, diréis: “Y ¿qué hacían ambas en el domicilio de Pasquale Terraciano, embajador, a sazón, de Italia, y con un traje antracita de un tejido para quedarse extasiada?”. Asistir a una recepción en honor del polifacético Renzo Arbore, un artista que convierte en oro todo lo que hace. Si fuera neurocirujano, para que os hagáis una idea, sería como José Luis Moreno. Más delgado. Lástima que la organizatriz del fiestorro estuviera a por uvas y la italianidad no se haya enterado como es debido de su presencia. Ni Carlotti, ni Vasile, ni siquiera Lecquio, con la de recuerdos que le debía traer a él este palacete bombonera donde, en sus jardines, hace 17 años, conoció a una joven vivaracha llamada Ana García Obregón. Estuve por preguntarle a Consuelo Berlanga “qué pasó con” ellos pero la ví liada con un hombre rubio como la cerveza y no quise importunar. Bastante tenía yo también con las presentaciones que les hacían a los embajadores y a Renzo en el besamanos. Que Paola Santoni era una gran actriz... ¿Dónde? ¿En la Isla de los Famosos? Gran, vale. Porque grande, nenas, lo tiene todo. De hecho, mejor que no te dé con la mano vuelta... Entendéis ahora por qué me quedaba muda y en el sitio. Habría gritado si alguien hubiera dicho que la camisa de Victor Ullate tenía un precioso estampado desvaído pero, Grazie a Dio, hubo discrección al respecto. Tanto es así que Diana Navarro, en verde esmeralda y cabello pasado de henna, pasó sin pena ni gloria. Emma Ozores y su bolso de poliuretano estuvo a punto de romperla pero, si nadie fue capaz de decir ni mú a Lydia Lozano con la que montó con ese figlio dell’Italia que es Albano, ya ves tú esa nimiedad plástica. Che forte... Con el pollo del Yleniagate y aún se permite apretarse unos tagliatelle, así, tan fresca. Ahora que lo pienso, María Rosa puede dormir tranquila. Todo se olvida.viernes, 25 de julio de 2008
En Italia y con hombreras
“Agárrate a la silla: María Rosa, con hombreras, en la Embajada de Italia?” “¿Qué?” “Lo que estás oyendo”. “¿Hombreras? ¿Ante el cuerpo diplomático transalpino?”. “De bola y rollo jugadora de rugby?”. “Me has dejado muerta y ¿ahora que hacemos?”. “Interceder, mari, interceder”. Ésta ha sido la tónica de las conversaciones que me he visto obligada a mantener telefónicamente hablando con toda aquella a la que le importa España y no quiere verse inmersa en ningún conflicto internacional, expulsada de Capri como “amica non grata” o declarando en la ONU ante tal dislate. Y menos mal que el resto era mono: organza fucsia. “¿Con el cabello en caldero?” Os preguntaréis. Y, sí, eso agrava aún más la situación. Porque os habéis dado cuenta del alcance: la gran bailarina de la danza española, aquella que castañeó como una loca en las Rusias, ¡con hombreras de bola en la Embajada de Italia! No es moco de pavo. En la tierra de Armani, de Valentino, de Gianfranco Ferré... de Versace... Por eso, estoy escribiendo una carta a Donatella. Ella es de las que tiene este tipo de confusiones. Su rimmel es un ejemplo y, quién sabe si puede pedirle a Silvio Berlusconi que no se lo tenga en cuenta. “¿Y Marili?” –esta es la segunda parte de las conversaciones que mantengo-. “¿Marili? Nacarada”. “Ah, bueno, es tendencia en uñas...”. “Nacarada toda ella”, suelo especificar. Vosotras, siguiendo con las disyuntivas, diréis: “Y ¿qué hacían ambas en el domicilio de Pasquale Terraciano, embajador, a sazón, de Italia, y con un traje antracita de un tejido para quedarse extasiada?”. Asistir a una recepción en honor del polifacético Renzo Arbore, un artista que convierte en oro todo lo que hace. Si fuera neurocirujano, para que os hagáis una idea, sería como José Luis Moreno. Más delgado. Lástima que la organizatriz del fiestorro estuviera a por uvas y la italianidad no se haya enterado como es debido de su presencia. Ni Carlotti, ni Vasile, ni siquiera Lecquio, con la de recuerdos que le debía traer a él este palacete bombonera donde, en sus jardines, hace 17 años, conoció a una joven vivaracha llamada Ana García Obregón. Estuve por preguntarle a Consuelo Berlanga “qué pasó con” ellos pero la ví liada con un hombre rubio como la cerveza y no quise importunar. Bastante tenía yo también con las presentaciones que les hacían a los embajadores y a Renzo en el besamanos. Que Paola Santoni era una gran actriz... ¿Dónde? ¿En la Isla de los Famosos? Gran, vale. Porque grande, nenas, lo tiene todo. De hecho, mejor que no te dé con la mano vuelta... Entendéis ahora por qué me quedaba muda y en el sitio. Habría gritado si alguien hubiera dicho que la camisa de Victor Ullate tenía un precioso estampado desvaído pero, Grazie a Dio, hubo discrección al respecto. Tanto es así que Diana Navarro, en verde esmeralda y cabello pasado de henna, pasó sin pena ni gloria. Emma Ozores y su bolso de poliuretano estuvo a punto de romperla pero, si nadie fue capaz de decir ni mú a Lydia Lozano con la que montó con ese figlio dell’Italia que es Albano, ya ves tú esa nimiedad plástica. Che forte... Con el pollo del Yleniagate y aún se permite apretarse unos tagliatelle, así, tan fresca. Ahora que lo pienso, María Rosa puede dormir tranquila. Todo se olvida.
Etiquetas:
Consuelo Berlanga,
Emma Ozores,
Lydia Lozano,
Maria Rosa,
Marili Coll,
Paola Santoni,
Renzo Arbore,
Yleniagate
Suscribirse a:
Enviar comentarios (Atom)
No hay comentarios:
Publicar un comentario