
Querida, te he sido infiel. No es algo de lo que esté orgullosa pero, siempre he sido débil con las esteticiennes… Sé que no quieres escucharlo, que me castigas con el secador extradry de tu indiferencia, como los niños de Junior al cantante de Anduriña por no utilizar tinte multifacetas, pero es que tengo una excusa, una excusa de fuerza mayor. Carla (Bruni), reina de los franceses, requería de mis cuitas. Ya me lo anunció mi íntima Teresa Zueco que se la encontró en Le Dîner de la Mode contre le Sida en París. “Te va a llamar. Está fatal la pobre. Fatal”, me dijo, aparte de que me puso en alerta de la calvicie y el ostracismo social que está sufriendo Bellucci... Dicho y hecho. A los dos días, Bruni me envió un burofax porque ella es así oficialista, centralista y regia y cari, yo no podía negarme. “Te quiero aquí STOP cojones STOP”. Era una mujer desesperada la que hablaba. Y, nena, no sería yo, mujer de braga y combinación, la que iniciara una nueva revolución como una desarrapada sans culotte. Total que, quedamos en Alexandre Coiffeur, en la rue Matignon. Ésa es mi culpa. Fustígame si quieres, pero debía estar con ella, es mi amiga y necesitaba que le cogiera la mano. Hay momentos en la vida en que una mujer no puede sola: Debía alisarse el flequillo. Y el labio superior. Pero además, estaba nerviosita perdida. Primero, que está vendiendo su casa en Turín. Yo, que estoy muy en la búsqueda de mis raíces, me puse grave y le dije que eso sí que no. Que no puede dejar atrás su italianidad, que por eso no se halla. Rosita Missoni, que inauguró el otro día una exposición de la Firma en el Istituto di Cultura, está feliz como una perdiz. Es un torbellino de colores como Lola Flores pero en geométrico e irradia satisfacción y eso que, ese pelo blanco a mí, me quitaría la vida. Total, que hay que pensar en lo que trasciende a una, en algo superior. Yo mismamente, no soy agnóstica, creo en Lomana. Lomana, mi Carmen, es mi referencia, mi norte, mi diosa de pómulo altivo. Me ocuparé de que las líneas 51, 1 y 74 de autobuses, los que recorren Serrano Street y Ortega y Gasset Avenue, lo lleven en sus flancos: “No somos agnósticos, creemos en Lomana. Maquíllate”. Nos pusimos de acuerdo Carmen Duerto et moi para que yo hiciera las pesquisas con Alberto (Ruiz-Gallardón) por lo que hay entre nosotros, ya sabes. Es que la Duerto está liadísima ella con su libro sobre Hellen Of Bourbon, o sea, la Infanta. Me tiene intrigadísima. Le pregunté sobre el capítulo: “Mil y una formas de hacerse una trenza de raíz” y el de “Mi pasador del cabello y yo. Amor repujado” y no hay forma. Que lo lea, dice. No obstante, lo que más turba a mi Bruni es que a Sarko ya no le gustan ni sus spaghetti ni su pesto ni las pizzas que elabora en bailarinas acolchadas de Dior. O sea, que están partiendo peras. Sólo le faltaba que Michelle Obama le hiciera sombra y eso que el mostaza es el nuevo negro... En París no les dan ni un telediario y el pueblo, encima, que siempre es pesadísimo y se echa a la calle por menos de nada porque en sus pisos de 20 metros cuadrados no hay quién pare, se le ha puesto de manillas con Huelgas Generales. Tuve que entretenerla. Le conté lo del estreno de Dieta Mediterránea, con Massiel con unas patorras que eso era digno de verse como un documental de naturalezas extremas. Qué pa-to-rras. Si se llega a poner un tacón cubano como Paco Toledo, te digo yo que la cazan y experimentan. Y luego, lo de la relación tipo montaña rusa de Jon Kortajerena y Esther Cañadas. Él, cual Tom Ford con flequillo, en momentos álgidos, y ella como la Niña del Pompón, con efecto minitrencita, a punto de recorrer las pasarelas del Carrefour. O sea, a la baja. Nos reímos. Tampoco mucho, que se arrugan los belfos.
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