lunes, 17 de noviembre de 2008

En grajeas y con tono caoba


Casi me pega. Lo que te digo. En los Cosmo. Lorena Van Herde. Que le dije una verdad. Por la espalda, claro, que yo soy de decirte las cosas por detrás. Quién se iba a pensar que tenía el oído de tísica y la nariz torcida al mismo tiempo. Total, que me oyó. Que “no me gusta naaaada”, comenté. Muy vocal. Y no le gustó ni un pelo con lo constructiva que era mi crítica. Ya ves tú. Vale que servidora iba pedo. A la pilota Carmen Jordán, le llamé Pili, de Pilota. Y, por eso, me pilló. Que estaba baja de defensas e intentaba ligarme a un amigo de Maxim Huerta aprovechando que éste ejercía de buen samaritano con alguna choni a la que se le había roto el tacón en pleno photocall… Menos mal que me desquité con Cristina Piajet en Vasari interceptando su conversación privée. “Pero ¿no estaba muerta?”, te preguntarás Muriel, que eres mala, Muriel. Pues no, aunque sus puntas abiertas te hagan pensar lo contrario. Está viva y en pleno éxito. “¿Sabes que vuelven las modelos mayores? Me he quedado flipada. Tengo que ir a Nueva York... Fuerte, eh? A la vejez, viruelas”, decía la pobre expresando su verdad en forma de haiku ibérico mientras yo me fumaba un pito pelada de frío en los porches de la Maison Françcaise, con mi wrap dress de Diane Von Fustemberg, y mi bolso de Bershka. Sí, de Bershka. El mismo que le desolló las manitas a María de León en el open day de Pedro del Hierro, que me habría quedado yo a vivir en ese atellier tan bonito. Toda la colección primavera-verano expuesta ante mis pestañas y con unos complementos como para quedarte muda. Yo. Muda. Y muerta. Como se quedó la sevillana cuando cogió las asas de mi journal bag de poliespán y vio que se quedaba sin dermis y/o epidermis. Es que me creo que soy Laura Ponte y no. Mi felling es más Toñi Salazar. Y encima, la Ponte sabe cómo ponerme los dientitos largos. Me contó, mientras combinaba Azzaros y Zaras, -y vuelvo a Vasari- que se había comprado en El Rastro y por ¡7 euros! un tailleur de Valentino en paillettes. Así, sin anestesia. Ya le tuve que contestar yo: “Qué suerte tienes hija. Con dos duros, ya vas mona. Yo, en cambio, soy como la Lomana, el PIB del continente africano me lo plantifico en una torera verde mosca y ni estoy bien para una reunión del APA”. Un tono, por cierto, el tornasolado, que Alvarito de Marichalar combina a la perfección con su caoba capilar. Muy casual. Como Paloma San Basilio pero sin golpe de secador y en soriano. Pero no me quiero distraer, que lo que te quería contar era que estuve con Genoveva Casanova. No sabía si llamarla Genoviève o Geno. Y es más Genoviève, te digo. Fíjate que, a la pregunta: “¿Qué le parece la Duquesa de Alba?” podría contestar: “Un langostinillo”, con lo cual sería más Geno. Pero no, es supermegafina y supermegacomprometida con la pobreza que le circunda… Bueno, que circunda la calle Serrano, Ortega y Gasset y Velásquez, y no contesta, porque, evidentemente, es Genoviève. Me pareció ideal. Porque la fiesta era ideal. Con ese embajador biondo biondísimo no hay otra, aunque a mi íntima Mary G. se le colara una piernita en una alcantarilla y terminara con la rodilla “como violada por un gato. Montés”, declara. Y como es de natural melodramática, ya se veía entre bolsas de guisantes abrazando la locura como Raquel Mosquera, que en gloria esté porque, con el prozac, está en la gloria. Con dos blister de grajeas, a mí, como si me echaran de Ambiciones. Encantada de la vida.

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